jueves, 31 de julio de 2008

A la mitad de la palabra

El centro comercial estaba abarrotado. No cabía ni una sola persona más. A Paz se le vio salir de la tienda de ropa española y subió por las gradas como pudo. Pensó por varios minutos que lo ideal sería irse, descansar en su cama, pues estaba harta de caminar y de la gente. Paz subió por las escaleras eléctricas, unos niños jugaban a retroceder e interrumpían el paso normal de las personas que bajaban. Paz respiró profundamente, sintiendo tranquilidad en todo su cuerpo. Sin avisar y de la nada, uno de los niños empujó a una señora que hizo que Paz cayera al suelo, dándose un golpe brutal en la quijada, con el filo de las escaleras. Paz se mordió la lengua en el acto. La herida era tal, que comenzó a sentir su sangre como si fuera saliva. Era salada y dulce, o dulce y salada, una mezcla de las dos. De su boca empezó a salir abundante líquido rojo, la gente se alarmó y paz se dio cuenta en ese momento que se había partido la lengua en dos. Paz quizo hablar, pero fue imposible emitir más que sonidos guturales mezclados con sangre. La señora que había caído encima de ella gritaba inconsoladamente, a los dos niños que jugaban, su madre los fue a traer de las orejas, no sin antes regañarlos y pegarles una colleja que a todos dejó con un mal sabor de boca. Paz se levantó y quiso caminar, pero la gente y la seguridad del centro comercial no la dejaban. Le pedían que se sentara. Pero se dio cuenta que había botado su cartera adonde llevaba todo tipo de documentación y su teléfono móvil, para pedir ayuda. Alguien la había robado. Paz no podía hablar, de pronto algo se le arrancó de la boca y trato de tragarla, era la mitad de su lengua, mucha gente le ofrecía agua, pero ella no pudo más que escupirla. Al ver aquello, le dio nauseas y vomitó todo por el suelo, vomitó sangre, abundante sangre, como para morirse. Al fondo, en medio de aquel tumulto de gente aparecieron corriendo unos de la cruz roja, traian una camilla e inmediatamente preguntaron su tipo sanguíneo, Paz les decía que no, pero los paramédicos al ver tal cantidad de sangre no podía pensar en otra cosa. Necesitaba que le transfirieran sangre o podía morir. La alarma era general en el lugar. Paz era el centro de atención, estaba coloreada de rojo, como si se acabara de bañar. No podía más que repetir incansables veces que no, que no, que no. No. Los paramédicos la tumbaron al suelo, que se sentara le dijeron, e hicieron que la gente retrocediera. Los guardias de seguridad ayudaron en el acto. Muchos se enfadaron, querían seguir viendo con morbosidad el pedazo de lengua que había caído al suelo. Y el vómito. Los paramédicos, sacaron una aguja grande y tranquilizaron a Paz. Unos segundos después Paz desmayó. Se la llevaron al hospital. La transfusión de sangre fue todo un éxito. Había perdido mucha. El problema es que ahora no saben que hacer con ella. No tiene documentación y no despierta. Y no puede hablar. Pasaron las horas. Paz se levantó de la cama. Los médicos quisieron hablar con ella pero fue imposible, estaba furiosa. Salió como pudo de la clínica. Todos se quedaron sin saber que pasó. Pasaron los días y recibieron una llamada de un periódico local queriendo hacer un reportaje sobre una transfusión ilegal que le hicieron a una joven testigo de jehová. El caso lo tienen las autoridades y el ministerio de salud.

jueves, 24 de julio de 2008

Quizás tu nombre salve...

Solo sé que se cansó. Sintió sus pies desnudos a la orilla del mar, la arena había entrado en sus zapatos. Ya era oscuro y el cielo amenazaba con bañarla. Caminó un poco más y sus rodillas se cansaron, se sentó por un momento y se sintió desnuda. Tantos pensamientos encontrados en la cabeza la tenían al borde del abismo. Del colapso. En sus venas corría sangre, un tanto envenenada un tanto con amor. Deseo por un momento que sus lágrimas fueran de sangre para desahogarse y morir por el llanto. Desangrada, íngrima. A la orilla del mar. Pero se dio cuenta que sus pensamientos eran solo deseos que nunca se iban a cumplir. Pensó en amores y otra lágrima cayó derramada en la arena. Quería volar y mirar las estrellas de cerca. Sola. El silencio lo cubría todo, hasta el mar. De repente, volteo a ver y se encontró a si misma, caminando hacia la orilla, sabía reconocerse desde lejos. Y no le causó extrañeza encontrarse, simplemente sabía que esa iba a morir. Se vio a si misma pensando en lo mismo que ella pensaba y se metió al mar. No se escucharon gritos ni murmullos. Ni lamentos. Solo sucedió. Ella se levantó de la arena, con una sonrisa vio su cuerpo flotar. Había muerto. Ella misma, osea, la otra, había muerto, ahogada. Y ella, la de la arena en los zapatos, sonrió como nunca antes había sonreído.