Tengo la suerte de tenerte a mi lado. Tengo la suerte,
la fortuna, de poder decir que soy tu amigo. No se si
lo merezca, pero lo soy y siempre he tenido la suerte
de poder regresar a ti y considerarte mi punto de
partida. Mi paño de lágrimas, mi hogar, mi casa, mi
familia. El lugar calientito que me espera siempre,
aunque me pierda, por años, meses, días. Soy
afortunado y siempre estás ahi para mi, para reir y
llorar juntos.
Puedo decir tu nombre todos los días y dejar que se
pierda entre la multitud, siempre tu nombre reaparece,
entre la gente, la fiesta, los globos, el mar. Por más
fuerte y estridente que sea el ruido, siempre
escucharé tu nombre, por que es lo único que puedo
escuchar. Y entre los libros tu nombre será lo único
que nunca perderé entre las líneas y las letras.
La bendición, la suerte, la fortuna de que eres como
una ola del mar, que borra todo lo que está escrito
sobre la arena, palabras vanas, superfluas, oscuras...
Logras dejar el espacio limpio para empezar de nuevo.
Por una tan sola vez, quisiera tener la suerte de
poder ser yo esa ola y que tu seas la arena para
borrar las cosas y dejar el espacio limpio para poder
empezar de nuevo y escribir la historia más grande y
linda del mundo.
martes, 19 de agosto de 2008
jueves, 7 de agosto de 2008
La manchita
Emilia se sentía bella. El vestido le había quedado divino, era blanco, todo blanco y no había manera de quitarla del espejo. Su reflejo llenaba sus inseguridades y la hacía sentirse como una princesa. Sabía que esa persona que la había hecho llorar tantas veces durante mucho tiempo iba a estar en la fiesta. Se había arreglado para esta ocasión, para causar revuelo, o que el corazón del susodicho diera vueltas y deseara poseerla por un momento. La verdad, es que se veía bien, aunque ese no era su estilo. Pasó la tarde escuchando la estridente música que salía de las bocinas, las demás quince añeras iban de arriba a abajo secreteando mentiras a medias, puras tonterías que las hacía sentirse importantes. Pero nadie debía de saber por que aquello era un secreto. Emilia sintió una sudoración mientras tomaba un poco de ponche y platicaba acerca del último mensajito que le había mandado Luis, su nuevo admirador. De pronto a lo lejos, vio venir a ese. A ese que la había hecho mujer, al que le había entregado su inocencia. Su primera vez. Ese momento que nunca olvidará en su vida. Se vieron mutuamente y apareció la nueva novia del innombrable. Se vieron con odio, como de querer matarse a arañones y halones de pelo. Emilia miró abajo de la mesa y sintió de nuevo aquella sudoración, se sintió un poco mareada. Se levantó para ir al baño y cuando lo hizo sintió risas a su espalda. Risas burlonas. Emilia no entendía lo que pasaba y los miraba a todos y todos se morían de la risa. Sintió que se burlaban de su espalda y por curiosidad se tocó, sintió la humedad de la sangre traspasada en el vestido blanco. Aquello era abominable, la sensación de vergüenza la hacía desear la muerte, o al menos que la enterraran viva. Ya era demasiado tarde para retroceder y volverse a sentar. Para ese momento, todos en aquel salón habían visto la mancha de la desgracia, roja como las llamas del infierno. Miró hacia su ex y vio la cara de su nueva novia, no se reía, pero tenía dibujada la palabra humillación en el rostro. Era patético, Emilia trataba de cubrirse con las manos, pero eso solo lo hacía más evidente. Corrió como pudo hacia el baño, en el camino perdió los tacones, se encerró y se quitó el vestido y toda su ropa la hizo puño y la dejó abajo del lavamanos, así, toda ensangrentada. Agarró agua, suficiente agua como para limpiar su alma y así se quedó, desnuda, frente a un espejo, se miró a si misma, era bella, más bella que cualquiera. Miró su entrepierna ensangrentada y se limpió con la mano, llevó su sangre al pecho y disfrutó de ese momento. Tocaron la puerta, Emilia seguía inmutable, eran sus amigas. Querían ayudarle o saber como se sentía, esto era el acontecimiento de la década, de lo que todo el mundo iba a hablar por el resto de su vida. Emilia abrió la puerta así, desnuda. Sus amigas se quedaron con la boca abierta, no por la desnudez, si no por lo bella que se miraba. Emilia salió del baño desnuda, caminó por los pasillos y llegó al salón, todos la miraron y se produjo el silencio. Se acercó a su ex que estaba sentado en la mesa tomando ponche, metió sus dedos ensangrentados adentro de su boca, se acercó a su oído y le dijo algo que nadie más en el mundo entendería. Emilia se fue de la fiesta, así, desnuda. Caminó y caminó por las calles y nunca más se volvió a saber de ella.
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