Dedos frágiles, manos delicadas y pies desnudos. Cielos de nubes blancas y el horizonte sin límites. La carretera: el viaje cíclico de los sueños nacidos, rotos, resuscitados al fin. Y alas: para volar.
Para volar como ángel puro en el camino de la adolescencia y descubrir la dulzura de la palabra, la profundidad de la mirada, la inocencia de la esperanza.
Para volar entre partículas blancas, símbolo invertido del obscuro juego subterráneo, y sentir los golpes en el cuerpo y en el alma.
Para volar con alas nuevas, de niña ya mujer, de mujer ya madre consoladora. Volar hacia un destino que es vida a través de otra vida: Ícaro sin miedo al sol ardiente.
Arturo Menéndez condensa en una parábola la existencia de un ser, de un viaje, de una sociedad: la iconografía juega con la pintura renacenista, la escultura neoclásica y la estética simbolista. Los diálogos y la banda sonora conversan marcando el ritmo de las imágenes, como un soneto isabelino, perfetamente estructurado en su libertad interna. Y la historia se narra por sí misma, en la calle, en la habitación, en el suelo, en el vuelo. En aquellas alas que son función de un único deseo: volar, Parávolar.
1 comentario:
Hola hola
Me encantaría ver tu nueva película, avísame cuando la presenten aqui en sibar porfa! También quisiera sacar este texto en El ojo de Adrián. Escribime cuando podas a ojodeadrian@yahoo.es y me mandas un par de stills para acompañar la nota. saluditos
mayra
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