miércoles, 12 de agosto de 2009
Invocando al fantasma
Me despertó el ruido de la puerta que se abría, pero no se abrió. Me quedé inmóvil, el pánico se encargó de mi cuerpo y lo paralizó a su máxima expresión. Por un momento fui nube, blanco, silencioso. No recordaba mi nombre y la sed hizo lo suyo. Susurraba nombres extraños, pero conocidos, como invocando a mis propios demonios. Los del miedo. Agarré la puerta para no dejar entrar al viento, mi cuerpo temblaba y escuché mi voz. A lo lejos. Era yo. Quién quería entrar era yo. Mi fantasma invocado por el sueño. La habitación estaba oscura y no veía mis palabras para decirme a mi mismo que no entrara. Mi eco, mi espacio en el universo temblaban al verme a mi mismo queriendo entrar y yo, al otro lado bajaba mis santos, por el miedo. Me volví espuma y entré como pude por debajo de la puerta, me llevó tiempo, pero recordé el poder de la paciencia entrando con prisa por los rincones más absurdos de la habitación. Soy yo, ya estoy dentro, frente mi mismo, con la misma cara mostrándome mis heridas, las mismas que hoy me detienen ante el miedo de no ser el mismo que estaba atrás de esa puerta.
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